COFRADÍA DEL
SILENCIO
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El día en el que el corazón de los enlutados se estremeció.
El día 30 de marzo de 1983, ha quedado marcado en la memoria de los enlutados como uno de los días más dramáticos de la historia de nuestra Cofradía.
Segundos antes de la medianoche del Miércoles Santo, con los primeros movimientos realizados al trono por los santeros dentro de la parroquia de San Mateo, cuyas puertas iban a abrirse para permitir la salida procesional de la Cofradía, se desprendió el travesaño de la cruz del Cristo del Silencio, girando la imagen sobre el clavo de los pies, precipitándose hacia el lado izquierdo y golpeando violentamente con la cruceta sobre el varal del trono. A consecuencia del impacto, que afortunadamente no tuvo consecuencias para ninguna persona, se abrió una fisura en la palma y muñeca de la mano izquierda del Cristo, quedando al descubierto, por desprendimiento de la encarnadura y por haberse desencolado los ensambles, las uniones de los brazos con el tronco.
Tras unos primeros minutos de enorme desconcierto, después de una primera valoración de los daños producidos, el vice hermano mayor, asesorado por la Junta de Gobierno, determinó que el Santísimo Cristo realizaría su acostumbrado desfile procesional, aunque sujeto con medios de emergencia a la cruz. Para ello, algunos hermanos entregaron sus cíngulos que sirvieron de sujeción de la imagen de nuevo en su posición natural.
El acuerdo finalmente se llevó a efecto, y la Cofradía pudo realizar su Estación de Penitencia sin otras incidencias aunque con un sensible retraso en la hora de salida.
Pocos días después de la fatídica noche en la que el Cristo se desprendió de su cruz, se iniciaron los tramites oportunos para reparar y restaurar la imagen, ya no solo de los daños propios de la caída, sino también por los causados por la devoción de los fieles, que continuamente besaban o tocaban sus pies, y del deterioro natural del paso del tiempo.
Las gestiones para contratar un restaurador se dirigieron inicialmente al escultor sevillano Ribera, cuyo presupuesto era absolutamente prohibitivo para la Cofradía, carente prácticamente de medios.
Ante la situación planteada, el hermano D. José Antonio López Fernández, se ofreció a restaurar a sus expensas los deterioros de la imagen. La generosa oferta se hizo finalmente realidad gracias a uno de sus socios en la empresa de muebles lacados Amdesa, D. Justo Romero Fabero, con gran experiencia en restauraciones de obras de arte, que acometió la reparación de la venerada imagen en las instalaciones de la mencionada entidad tras obtenerse los pertinentes permisos desde la Diócesis de Córdoba.
Como muestra de gratitud, la Junta de Gobierno determinó, de forma extraordinaria, no celebrar el tradicional sorteo para conceder la manijería del Cristo del Silencio, y otorgar dicho honor directamente a D. José Antonio López por su labor en pro de restaurar la imagen del Cristo del Silencio.